Pluma adelgazante: quienes dejan de ganar peso 4 veces más rápido que quienes hacen dieta Durante años, las plumas para adelgazar persiguieron un solo número: quién, además de controlar la diabetes, hacía bajar aún más la balanza. La semaglutida allanó el camino, la tirzepatida aumentó las apuestas, la retatrutida impulsó la pérdida de peso a niveles que rozan la exageración. La lógica parecía simple: quien perdiera más kilos ganaría. Survodutida llegó proponiendo otra disputa. En la reunión anual de la Asociación Americana de Diabetes (ADA), en Nueva Orleans, la molécula experimental de Boehringer Ingelheim llamó la atención no sólo por su pérdida de peso, sino por un efecto difícil de ver: la reducción de la grasa acumulada en el hígado. El director de la Sociedad Brasileña de Endocrinología y Metabología (SBEM), Clayton Macedo, dice que el destaque es parte de un cambio ocurrido en el congreso. Frente a un arsenal de medicamentos capaces de producir una pérdida de peso de dos dígitos, la pregunta ya no es sólo cuánto peso pierde cada persona, sino qué hacen más allá de eso. La carta de triunfo está oculta Las cifras que llamaron la atención de los médicos provienen de un estudio de fase 3 (la etapa final antes de una eventual solicitud de aprobación) publicado en la revista Nature Medicine. Entre 216 adultos con obesidad e hígado graso, survodutida redujo esta acumulación en casi un 60%. Más que eso: el 84% de los pacientes tuvo una caída de al menos el 30% en la grasa del hígado, en comparación con el 24% de los que tomaron placebo, y seis de cada diez terminaron el estudio con su hígado dentro del rango normal. Los marcadores de inflamación y daño orgánico, como la enzima ALT, también disminuyeron. La grasa en el hígado suele tratarse como un detalle de un examen de rutina: aparece en la ecografía, el médico lo menciona y la vida continúa. Macedo está dispuesto a romper con esta impresión. "La grasa en el hígado no es sólo un poco de grasa", dice. Esto, explica, es un marcador de grasa ectópica: aquella que se deposita donde no debe, es metabólicamente activa, inflamada y se asocia con mayor riesgo de diabetes, enfermedades cardíacas y muerte. En el hígado, cuando avanza, provoca inflamación, fibrosis y, en última instancia, cirrosis. La afección tiene un nombre actualizado: enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), que en su forma inflamada se convierte en esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica (MASH). También aumenta las posibilidades de desarrollar cáncer. Es esta grasa silenciosa a la que parece llegar la survoductida, pero aquí es también donde los expertos entrevistados por g1 piden precaución. El hecho de que ella haya mostrado estas mejoras en el hígado no significa que sus competidores no las tengan; significa que nadie miró estas métricas al estudiarlas. Bolígrafos adelgazantes Freepik Una segunda hormona entra en juego. Las plumas que se han hecho famosas actúan sobre el GLP-1, el péptido que regula el apetito y la saciedad. La survodutida hace esto y una cosa más: activa, al mismo tiempo, el receptor de glucagón, una hormona que funciona como administradora de la energía almacenada en el cuerpo y actúa directamente sobre el hígado y el metabolismo de las grasas. “El glucagón es un actor nuevo en esta historia”, resume Macedo. Es lo que le da a la molécula su propia firma: mientras que el GLP-1 afecta el comportamiento alimentario, el glucagón afecta la quema de grasas, incluida la escondida en las vísceras y el hígado. El coordinador del Departamento de Educación en Diabetes de la Sociedad Brasileña de Diabetes (SBD), Fernando Valente, evalúa que los resultados sugieren un efecto que va más allá de la mera pérdida de peso. Según él, parte de la mejoría observada en el hígado es sin duda consecuencia de la pérdida de peso, pero el glucagón parece añadir su propia acción sobre la grasa acumulada en el órgano. "El hígado tiene muchos receptores de glucagón. Además de ayudar con la saciedad, esta hormona estimula el uso de la grasa del hígado como fuente de energía y aumenta el gasto energético", explica. La lectura ganó fuerza porque los investigadores no estimaron la grasa indirectamente. En otro estudio, este publicado en el New England Journal of Medicine con 725 adultos con obesidad y sin diabetes, un subgrupo se sometió a una resonancia magnética, un método que separa, compartimento por compartimento, cada tipo de grasa en el cuerpo. "Es la prueba más precisa que existe: distingue qué es grasa en el hígado, qué es grasa en las vísceras y qué es músculo", dice Macedo. En esta lectura, la survodutida redujo la grasa visceral (que se acumula entre los órganos) en alrededor de un 34 %, en comparación con el 12 % del placebo, redujo la grasa del hígado en un 63 % y conservó la masa magra: la mayor parte del peso perdido provino de grasa, no de músculo. Para el médico, este fue un punto simbólico. “Fue la primera molécula que eliminó el estigma de perder masa magra, al demostrar que es pequeña”, afirma. En el mismo estudio, la pérdida de peso alcanzó el 16,6% en 76 semanas entre quienes siguieron el tratamiento hasta el final, cifra inferior a la de competidores como la tirzepatida, pero acompañada de esta redistribución de la grasa y una mejora de la presión arterial, los triglicéridos y la circunferencia abdominal. Promesa con reservas Incluso donde aparecen los números, falta la prueba de fuego: ningún estudio ha enfrentado las moléculas cara a cara, midiendo los mismos resultados con el mismo método. Valente recuerda que las comparaciones con semaglutida y tirzepatida siguen siendo indirectas. Los estudios involucraron diferentes poblaciones, con distintos grados de obesidad, diabetes y deterioro hepático, además de utilizar diferentes criterios para evaluar la enfermedad. “La semaglutida, por ejemplo, tuvo análisis histológico con biopsia hepática, cosa que no ocurrió en este estudio. Por lo tanto, no es posible decir que una molécula sea superior a la otra”, afirma. Los efectos secundarios, sin embargo, siguen el estándar de la clase: náuseas en alrededor del 60% de los participantes, vómitos en más del 40%, casi siempre de leves a moderados y concentrados al principio, cuando se aumenta la dosis. Macedo recuerda que el protocolo del estudio era rígido y requería alcanzar la dosis máxima, sin flexibilidad de la oficina para ajustarse, lo que ayuda a explicar la frecuencia. Los acontecimientos graves fueron ligeramente más comunes con el fármaco que con el placebo y no hubo muertes. Los ensayos también tienen límites: duración relativamente corta, poblaciones poco diversas y, en el caso del hígado, la mayoría de pacientes en las primeras etapas de la enfermedad. Los efectos en cuadros avanzados aún se probarán en otro programa. La obesidad en el centro del tablero Detrás de la disputa hay un cambio de mentalidad que los endocrinólogos presentes en el congreso vieron consolidado en el congreso. Durante décadas, la obesidad fue tratada como un coadyuvante: se estudiaba la diabetes y, como beneficio adicional, se notaba que el paciente perdía peso. Ahora el orden se ha invertido. "Antes la obesidad era vista como una consecuencia. Hoy es el centro: es la que causa otras enfermedades", dice Macedo. Los medicamentos ya se han probado para determinar sus efectos en el hígado, las articulaciones y la apnea del sueño. No es casualidad que un congreso históricamente centrado en la diabetes reuniera a miles de personas discutiendo, sobre todo, la obesidad y un conjunto de moléculas que combinan diferentes hormonas para atacar varios aspectos de la enfermedad al mismo tiempo. Si la primera generación de bolígrafos ganó la batalla de la báscula, la siguiente parece competir por algo más ambicioso: demostrar que perder peso es sólo una parte de la historia. La nueva carrera tiene lugar dentro de los órganos, y el hígado puede haber sido el primero en demostrarlo.