CUANDO Pakistán asumió la presidencia de la Conferencia Ministerial de la OCI sobre la Mujer esta semana, lo hizo enfrentando sus propias realidades incómodas. Recientemente, el Foro Económico Mundial clasificó a Pakistán en el puesto 148 entre 148 países en su Informe Global sobre la Brecha de Género, lo que subraya cuánto queda por hacer para garantizar que las mujeres disfruten de igualdad de oportunidades en la educación, el empleo y la vida pública. Ese telón de fondo aleccionador dio mayor importancia a los repetidos llamamientos en Islamabad para que la Organización de Cooperación Islámica fuera más allá de las declaraciones y lograra avances tangibles. La propuesta del presidente del Senado, Yousaf Raza Gilani, de objetivos mensurables en materia de educación de las niñas, liderazgo de las mujeres, participación laboral y protección contra la violencia de género fue uno de los resultados más constructivos de la conferencia. Después de todo, la OCI ha respaldado el empoderamiento de las mujeres en numerosas ocasiones. El desafío no ha sido la falta de compromisos; ha sido el fracaso en traducirlos en cambios significativos. En muchas partes del mundo musulmán, las mujeres siguen enfrentándose a barreras que limitan no sólo su propio potencial sino también las perspectivas de sus sociedades. Afganistán sigue siendo el ejemplo más claro, donde a las niñas se les sigue negando el acceso a las escuelas secundarias y universidades a pesar de los repetidos llamamientos internacionales. En otros lugares, los conflictos han desplazado a millones de mujeres y niños, mientras que las dificultades económicas han restringido aún más el acceso a la educación, la atención sanitaria y el empleo. Ampliar las oportunidades educativas, mejorar la inclusión financiera y garantizar que las mujeres participen plenamente en la vida económica y pública no son meras cuestiones de justicia social; son requisitos previos para el desarrollo sostenible. Los Estados que no logran aprovechar los talentos de la mitad de su población limitan su propio crecimiento y resiliencia. Por lo tanto, los compromisos de Pakistán deben juzgarse por los resultados más que por las intenciones. Las garantías constitucionales de igualdad y las promesas del gobierno de reformas legales e institucionales son bienvenidas, pero la implementación sigue siendo desigual. Millones de niños siguen sin ir a la escuela, y las niñas se ven afectadas de manera desproporcionada en muchas comunidades rurales y desfavorecidas, mientras que la participación femenina en la fuerza laboral sigue estando entre las más bajas a nivel mundial. Las leyes que protegen a las mujeres tienen poco valor si su aplicación es deficiente o si el acceso a la justicia sigue fuera del alcance de quienes más lo necesitan. El liderazgo de Pakistán en la conferencia de la OCI presenta una oportunidad para defender un enfoque más responsable en todo el mundo musulmán. En lugar de otro ciclo de resoluciones valiosas, los Estados miembros deberían acordar puntos de referencia prácticos, informar periódicamente sobre los avances y compartir políticas exitosas que mejoren la vida de las mujeres. La medida de esta conferencia no será la fuerza de sus comunicados o discursos, sino si más niñas completan su educación, más mujeres acceden a puestos de liderazgo y más familias se benefician de las oportunidades que el empoderamiento puede brindar. Publicado en Amanecer, 15 de julio de 2026