Una pequeña estación de ferrocarril japonesa permaneció abierta para un solo estudiante durante tres años. El horario del tren se ajustaba diariamente para adaptarse a su viaje escolar. Este servicio continuó hasta que la estudiante completó exitosamente sus estudios y se graduó. Después de su graduación, la estación se cerró, poniendo fin a su propósito único. La historia ganó atención mundial como un ejemplo de transporte público centrado en el cliente.