El escenario de la capital libanesa, Beirut, esta vez no fue un espacio para la imaginación, sino una plataforma para la memoria. Allí estaban los niños que habían sufrido la carga de la guerra más pesada que sus vidas. Algunos de ellos habían perdido una extremidad, otros habían dejado amigos que no regresarían y otros todavía memorizaban los detalles del largo viaje desde las aldeas destruidas hasta los lugares de desplazamiento.